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A propósito de Te doy mis ojos
HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE

por Diego Faraone (setiembre, 2004)
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Te doy mis ojos
es una película que cuenta con muy pocos antecedentes fílmicos memorables en su temática, ya que si bien la violencia doméstica ha sido recreada reiteradas veces en la historia del cine, en muy pocos casos había sido abordada como eje central de una película, y en las contadas excepciones en que sí se lo hacía, el tema se presentaba en forma muy esquemática, demonizando al sujeto golpeador, y poniendo cierto énfasis en la frialdad y la inviabilidad de la relación amorosa víctima-victimario.



No es el caso de Te doy mis ojos. La directora Icíar Bollaín explicaba al respecto: " ...hacía tiempo que la coguionista Alicia Luna y yo le dábamos vueltas al tema de la violencia en la pareja y veíamos que aunque es una constante en los medios de comunicación había muchas preguntas que no sabíamos contestar. ¿Por qué una mujer aguanta una media de diez años junto a un hombre que la machaca? ¿Por qué no se va? ¿Por qué no sólo no se va sino que incluso algunas aseguran seguir enamoradas?...¿Por qué no existe apenas un perfil del maltratador? ¿Y por qué estos hombres maltratan durante años a quien dicen querer con toda su alma?".





Estas dudas son en parte despejadas en la película, ya que Bollaín se concentra en la elaboración del perfil psicológico de los personajes, quienes destilan un realismo apabullante, (excelentes Maia Marull y Luis Tosar en los papeles protagónicos), ilustrando la lógica que condice y da continuidad a una pareja en estas situaciones.


La psicoanalista Melanie Klein elaboró el concepto de identificación proyectiva masiva y esta hoy se aplica para definir la patología que lleva a un hombre a golpear a su pareja. Según esta interpretación el golpeador se hace una idea de que existe una relación simbiótica entre él y su mujer y cuando ella da muestras de autonomía, o sea, de que no es un mismo ser en conjunción con su marido, él reacciona violentamente, porque no tolera que esta simbiosis no sea tal. El hombre no entiende el daño que está ejerciendo porque es incapaz de ponerse en el lugar de ella, ya que la siente una prolongación de sí mismo.


Estos principios psicológicos tan toscamente resumidos son respetados al detalle en la película. Ya desde el título se refuerza esta idea de simbiosis que el marido imagina, ya que su mujer se le entrega en cuerpo y alma, depositando toda su confianza en él. Ese "te doy mis ojos" resume entonces, por un lado, la entrega absoluta, física y espiritual, y por el otro, el sentimiento posesivo por parte del marido que se traduce en desafuero ante cualquier acto imprevisto.


En el cine español ya se habían visto varios cuadros cotidianos que nos mostraban una cara oculta de la sociedad; la de los olvidados y desamparados por el sistema que sufren en silencio, en la impenetrabilidad de sus hogares. Es el caso de El bola de Achero Mañas, de Solas de Benito Zambrano, de Los lunes al sol de Fernando León de Aranoa, entre otras.


Pero si bien todos son elogios para Te doy mis ojos, también debe señalarse cierto facilismo en el que cae la película, ya que repite un lugar común en los cuadros de violencia doméstica que las manifestaciones culturales han dado a conocer y que consiste en presentar al golpeador como un personaje medianamente ignorante y preferiblemente originario de las clases bajas. Ninguno de estos dos son condicionantes necesarios para el perfil, por lo que mayor hubiese sido el vuelo creativo si el personaje presentado fuese un hombre culto y de clase media alta, por ejemplo. Esta observación no pretende indicar que la aproximación no sea válida, sino dar cuenta de que la película entra dentro de cierta tendencia en la que se inscriben films de distintas épocas como pueden ser Un tranvía llamado deseo, Scarface, El color púrpura, Solo contra todos o El amor y la furia, entre otras, en las que se puede apreciar que la incultura y el maltrato doméstico van de la mano.


Llama la atención que recién ahora el cine haya abordado con la sobriedad que merece un tema tan universal y atemporal. Esta omisión da un indicio más acerca de cómo sociedades enteras han contribuido a silenciar y evitar la reflexión sobre hechos que comúnmente no traspasan la barrera de lo cotidiano, quedando contenidos en el espacio intramuros.


Según el diario El País, en Uruguay una persona muere de cada siete días a causa de la violencia doméstica. Venía siendo hora entonces de que un medio masivo como es el cine se pusiera al día con un producto de calidad dentro de esta temática adeudada, y que le recordara una vez más al espectador la inmediatez y la gravedad de estos hechos que ocurren hoy, sólo a unos pocos metros de donde uno se encuentra, tan tranquilo.

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