HASTA QUE LA MUERTE
NOS SEPARE

Te doy mis ojos es una película
que cuenta con muy pocos antecedentes fílmicos
memorables en su temática, ya que
si bien la violencia doméstica ha
sido recreada reiteradas veces en la historia
del cine, en muy pocos casos había
sido abordada como eje central de una película,
y en las contadas excepciones en que sí
se lo hacía, el tema se presentaba
en forma muy esquemática, demonizando
al sujeto golpeador, y poniendo cierto énfasis
en la frialdad y la inviabilidad de la relación
amorosa víctima-victimario.
No es el caso de Te doy mis ojos.
La directora Icíar Bollaín
explicaba al respecto: " ...hacía
tiempo que la coguionista Alicia Luna y
yo le dábamos vueltas al tema de
la violencia en la pareja y veíamos
que aunque es una constante en los medios
de comunicación había muchas
preguntas que no sabíamos contestar.
¿Por qué una mujer aguanta
una media de diez años junto a un
hombre que la machaca? ¿Por qué
no se va? ¿Por qué no sólo
no se va sino que incluso algunas aseguran
seguir enamoradas?...¿Por qué
no existe apenas un perfil del maltratador?
¿Y por qué estos hombres maltratan
durante años a quien dicen querer
con toda su alma?".
Estas dudas son en parte despejadas en la
película, ya que Bollaín se
concentra en la elaboración del perfil
psicológico de los personajes, quienes
destilan un realismo apabullante, (excelentes
Maia Marull y Luis Tosar en los papeles
protagónicos), ilustrando la lógica
que condice y da continuidad a una pareja
en estas situaciones.
La psicoanalista Melanie Klein elaboró
el concepto de identificación proyectiva
masiva y esta hoy se aplica para definir
la patología que lleva a un hombre
a golpear a su pareja. Según esta
interpretación el golpeador se hace
una idea de que existe una relación
simbiótica entre él y su mujer
y cuando ella da muestras de autonomía,
o sea, de que no es un mismo ser en conjunción
con su marido, él reacciona violentamente,
porque no tolera que esta simbiosis no sea
tal. El hombre no entiende el daño
que está ejerciendo porque es incapaz
de ponerse en el lugar de ella, ya que la
siente una prolongación de sí
mismo.
Estos principios psicológicos tan
toscamente resumidos son respetados al detalle
en la película. Ya desde el título
se refuerza esta idea de simbiosis que el
marido imagina, ya que su mujer se le entrega
en cuerpo y alma, depositando toda su confianza
en él. Ese "te doy mis ojos"
resume entonces, por un lado, la entrega
absoluta, física y espiritual, y
por el otro, el sentimiento posesivo por
parte del marido que se traduce en desafuero
ante cualquier acto imprevisto.
En el cine español ya se habían
visto varios cuadros cotidianos que nos
mostraban una cara oculta de la sociedad;
la de los olvidados y desamparados por el
sistema que sufren en silencio, en la impenetrabilidad
de sus hogares. Es el caso de El
bola de Achero Mañas, de
Solas de Benito Zambrano,
de Los lunes al sol de
Fernando León de Aranoa, entre otras.
Pero si bien todos son elogios para Te
doy mis ojos, también debe
señalarse cierto facilismo en el
que cae la película, ya que repite
un lugar común en los cuadros de
violencia doméstica que las manifestaciones
culturales han dado a conocer y que consiste
en presentar al golpeador como un personaje
medianamente ignorante y preferiblemente
originario de las clases bajas. Ninguno
de estos dos son condicionantes necesarios
para el perfil, por lo que mayor hubiese
sido el vuelo creativo si el personaje presentado
fuese un hombre culto y de clase media alta,
por ejemplo. Esta observación no
pretende indicar que la aproximación
no sea válida, sino dar cuenta de
que la película entra dentro de cierta
tendencia en la que se inscriben films de
distintas épocas como pueden ser
Un tranvía llamado deseo,
Scarface, El color
púrpura, Solo contra
todos o El amor y la furia,
entre otras, en las que se puede apreciar
que la incultura y el maltrato doméstico
van de la mano.
Llama la atención que recién
ahora el cine haya abordado con la sobriedad
que merece un tema tan universal y atemporal.
Esta omisión da un indicio más
acerca de cómo sociedades enteras
han contribuido a silenciar y evitar la
reflexión sobre hechos que comúnmente
no traspasan la barrera de lo cotidiano,
quedando contenidos en el espacio intramuros.
Según el diario El País,
en Uruguay una persona muere de cada siete
días a causa de la violencia doméstica.
Venía siendo hora entonces de que
un medio masivo como es el cine se pusiera
al día con un producto de calidad
dentro de esta temática adeudada,
y que le recordara una vez más al
espectador la inmediatez y la gravedad de
estos hechos que ocurren hoy, sólo
a unos pocos metros de donde uno se encuentra,
tan tranquilo.
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