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A propósito de La venganza de los Sith
SEGUNDAS TRILOGÍAS NUNCA FUERON BUENAS

por Diego Faraone (mayo, 2005)




Decir que esta tercer entrega de la nueva trilogía de Star Wars es mejor a las dos anteriores no constituye en sí ningún halago, si se tiene en cuenta el poco atractivo que presentaban los dos primeros episodios. Las comparaciones que en su momento se hicieron de estas películas con las de la primera trilogía conducían irremediablemente a la nostalgia y al odioso lugar de que "todo tiempo pasado fue mejor", tan frecuente para la crítica especializada.


La confrontación con la anterior trilogía no tiene demasiado sentido si se considera hasta qué punto ha cambiado la sensibilidad del público en estos últimos 25 años. En aquel Episodio IV, cuando el joven Luke se adentraba en ese tugurio atiborrado de monstruos intergalácticos en Tatooine, uno no podía reprimir su pánico ante un ambiente tan poco acogedor. O en El regreso del Jedi, que la presencia del gran Jabba the Hutt enmudecía y asqueaba a media platea, o el vértigo real que por entonces producía navegar en los X-Wing o en el Halcón Milenario, dentro de aquellas nunca antes vistas batallas espaciales. Hoy prácticamente ya no hay efecto visual que logre sorprendernos como en aquel momento, ni monstruo que nos cause semejante rechazo. La iconografía del universo "Star Wars" puede reproducirse en todas direcciones y tamaños, que nunca producirá la fascinación y el apego incondicional que provocaba en los primeros ochenta.


Pero si bien la nueva trilogía no podía competir en estos aspectos con la vieja, sí se podía intentar compensar con guiones inteligentes y con una dirección astuta las carencias que los efectos visuales no iban a poder superar. Pero George Lucas utilizó la misma estrategia de hace 25 años, en lugar de adaptarse a los nuevos tiempos; puso una vez más todo su arsenal al servicio de los efectos especiales, hoy mayoritariamente digitales, con resultados poco convincentes. Es sabido lo efímeros que resultan ser los últimos adelantos tecnológicos, en lo que concierne a efectos visuales. Luego de cinco o diez años una película muy jugada a lo digital mueve a la risa, y es lo que probablemente vaya a suceder con la serie de Matrix o con estas Star Wars, que apenas llaman la atención a nivel visual en el momento de su estreno.


La venganza de los Sith evita los peores horrores de los primeros dos episodios; en La amenaza fantasma un insufrible Jar-Jar Binks, una suerte de primo oligofrénico de Tribilín, hac'a un patético despliegue de su torpeza a lo largo de casi media película. Pocos personajes paridos por la pantalla grande han suscitado tanto odio como semejante adefesio, que a la larga terminaba por arruinar un primer episodio que sin embargo tenía sus aciertos. En El ataque de los Clones los excesos de azúcar provocaron el empalagamiento masivo. Hubo quienes deseaban que la censura hubiese mutilado al menos veinte minutos de romance barato entre Anakin y Padme, dignos del peor culebrón venezolano.


Por suerte, nada de esto ocurría en La venganza de los Sith. Este tercer episodio está dotado de un buen ritmo cinematográfico, ya que mantiene la tensión y el nervio durante todo el metraje. En esta película inesperadamente violenta y deliberadamente oscura, la gravedad de lo que se sabe inevitable y asimismo terrible pesa sustancialmente sobre el espectador obligándolo a mantenerse espectante, como debe ser. No hay lugar para infantilismos ni para franeleos cuando el Lado Oscuro amenaza con dominarlo todo.

Pero a pesar de tener sus puntos a favor, el Episodio III pisa varias veces el palito. Al mal guión se le debe sumar una pésima dirección de actores, un puñado de situaciones que atentan contra la coherencia interna de la historia y una mala realización en general. Si la comparación con la vieja trilogía es anacrónica, ésta bien puede ser comparada con la trilogía de El señor de los anillos, un verdadero prodigio de ritmo narrativo, así como de dirección y de correcta utilización de los efectos especiales. Cualquiera de las películas de la trilogía de Peter Jackson supera con creces a la mejor de la de George Lucas, o sea, a esta última. Entre Jackson y Lucas existe una diferencia abismal. Uno es un autor, el otro un artesano mediocre. Ambos comparten el mismo defecto: su solemnidad, pero en el caso de Jackson está un poco más justificada.


Por último, hubo quienes celebraron que Yoda hiciera una exposición de sus habilidades con el sable láser en el Episodio II, y probablemente lo celebren también ahora, pero es bueno recalcar que parte de la mística que emanaba de aquel personaje en la vieja trilogía se basaba precisamente en lo llamativo que resultaba que un maestro Jedi tuviese esas características. ¿Cómo era posible que semejante pigmeo pudiera tener tanto poder y dominio sobre la Fuerza? Que esta incógnita quedara en el aire otorgaba a Yoda un status que hoy, al plantarle una espada láser y hacerlo girar como un trompo, se ha perdido. Lo que debía quedar sugerido se vuelve explícito, rayando en lo pornográfico, y esto habla mal de las intenciones de Lucas, o sea, de esa inclinación a volverlo todo visible una vez que los últimos avances en los efectos especiales lo permiten.


Y créase o no, es ciertamente más verosímil el Yoda marioneta de la vieja trilogía que el nuevo Yoda digital. Ni siquiera los efectos especiales parecen estar bien cuidados en La venganza de los Sith, basta comparar a este nuevo Yoda con Gollum de El señor de los anillos o con Dobby, el elfo doméstico de Harry Potter, ambos personajes mucho mejor animados y dotados de una personalidad y una densidad emocional que no muchos actores de piel y hueso logran.

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