PUCHI Y EL CANTANTE

Uno de los momentos más sublimes
de El cantante, filme
biográfico del cubano León
Ichaso sobre la vida de un verdadero tesoro
musical, Héctor Lavoe: el lente
que lo descubre y desnuda, taciturno,
apesadumbrado y lleno de miedos e incertidumbre
mirando desde una silla a un paladín
del verso, que con sombrero, guitarra
en mano, silla y entusiasta ternura vocal
dedica la canción que lleva por
título precisamente esta producción
de "JLo".
La versión acústica de
esta excepcional obra de Rubén
Blades es interpretada con mucho respeto
por el sonero Víctor Mannuelle
(interpretando al ministro de turismo
en sus días de salsero), haciendo
honor a un tema fundamental en la trayectoria
de estos dos genios musicales.
Uno de los momentos más ridículos
de El cantante, basada
en las experiencias de "Puchi",
la esposa de Héctor, interpretada
con madurez televisiva de predecible rango
dramático por la reina del salsero
Marc Anthony, esa impecable voz de Lavoe
para esta cinta: el resumen de todas las
veces en que la actriz y productora intenta
darle ritmo, tono y sazón a este
ambicioso proyecto que de comienzo a fin
promete más de lo que cumple (cualquiera
analogía al terreno político
es mero producto de la circunstancia).
La versión cinematográfica
sobre la vida y muerte de "El cantante
de los cantantes" es una clara reflexión
sobre la importancia de crear productos
genuinos e históricamente objetivos
que hagan la diferencia y dejen un contexto
real de lo que representan los iconos
musicales en la cultura de los pueblos.
Podemos tomar como referentes inmediatos
los extraordinarios esfuerzos de Milos
Forman con la biografía de Wolfgang
Amadeus Mozart; el de Taylor Hackford
con el estupendo relato de la vida de
Ray Charles; la interesante propuesta
escénica de Irvin Winkler con De-lovely
sobre Cole Porter; las versiones de Frida
que dirigieron tanto Julie Taymor como
Paul Leduc; la cubana El Benny
de Jorge Luis Sánchez; la exactitud
narrativa de Clint Eastwood cuando recreó
el tormento de Charlie Parker, la honestidad
detrás de la relación entre
Johnny Cash y June Carter en el filme
de James Mangold, o la brillante personificación
de Edith Piaf que dirige Oliver Dahan.
El común denominador de estos
proyectos se relaciona con la exposición
de hitos en la vida de estos personajes
que permiten al espectador ver más
allá de lo obvio y entender con
qué atacan a sus demonios.
En el caso que nos ocupa, tanto el guión
de León Ichaso, Todd Bello y David
Darmstaeder como la dirección del
peruano, quien ha tenido experiencias
fatales (Ali: An American Hero,
Hendrix, Azúcar
Amarga) y algunas buenas aportaciones
al género como El Súper
y Piñero, pierden
el enfoque y tratan el filme como una
bio más de un salsero a quien las
drogas lo llevan por el carrito de la
perdición, y en el camino, se olvidan
que en realidad hay muchas historias qué
contar sobre la realidad cultural de los
años setenta en el ambiente latino,
la influencia real de la salsa en el panorama
social y la senda destructiva del protagonista.
La edición del filme tampoco ayuda
a crear una atmósfera dramática
que marcara el ritmo en esta historia.
Ciertamente, tiene momentos extraordinarios
y definitivamente los aporta la puesta
en escena de cada número musical
y las imágenes en exteriores tanto
de Nueva York como de Puerto Rico, pero
inmediatamente se tambalean ante el intento
de contar la vida del hombre desde la
mirada de su mujer sin meterse en la piel
de ambos.
De sus actores principales, los únicos
que se salvan son John Ortiz (Gángster
americano de Ridley Scott y Miami
Vice de Michael Mann) interpretando
a Willie Colón, aportando seriedad
y carácter al revolucionario de
la música latina y el propio Marc
Anthony, quien no despega al darle la
aproximación sarcástica
y genial del atormentado ídolo,
pero llega a la cima una vez toma el micrófono
y canta.
Si bien la experiencia de Anthony en
el cine es limitada, pero atrevida y puntual
(desde Big Night de Stanley
Tucci y Campbell Scott, Vidas
al límite de Martin Scorsese,
Hombre en llamas, de
Tony Scott y En el tiempo de las
mariposas con Salma Hayek hasta
El sustituto con Tom
Berenger y Hackers con
Angelina Jolie), su primer protagónico
es injusto, aunque gracias a su gran talento
en el canto, tapa baches que saltan a
la vista con facilidad.
Al final, lo que queda al final es un
producto irregular con buenas intenciones,
dotado de una banda sonora ejemplar. El
cantante nunca logra estar en
la cima narrativa y estará destinada
a desplazarse entre los productos genéricos
de las películas hechas para televisión
sobre cantantes a quien la droga los acaba,
sin más ni más.
Para los fanáticos de Héctor
habrá opiniones encontradas al
alquilar la película o ver la versión
pirata que nos ronda inmisericorde por
ahí, pues su estreno en las salas
panameñas está cerca del
olvido.
En tanto, para quienes deseamos que el
cine dé lo mejor de sí para
narrar lo sucedido con nuestros héroes
a través del cine norteamericano
que globaliza el mensaje, valdría
la pena seguir buscando en la raíz
y desarrollar proyectos consistentes sobre
"La Lupe", la mismísima
Fania en su ascenso, gloria y caída,
"Tito Puente", "Ismael
Rivera", "Roberto Durán",
"Vanessa del Río", "Rubén
Blades", "Willie Colón",
"Richie Ray y Bobby Cruz", y
tantos más que como a Héctor
Lavoe adoramos de corazón.