
Título original: Le Temps
qui reste
País y año de producción:
Francia, 2005
Dirección: François
Ozon
Guión: François
Ozon
Con: Melvil Poupaud,
Jeanne Moreau, Valeria Bruni-Tedeschi,
Daniel Duval, Marie Rivière
Duración: 85 minutos
Calificación:
No apta para menores de 18 años
Género: Drama
Sitio Web: http://www.francois-ozon.com/
Reseña argumental: Romain
(Melvil Poupaud) es un fotógrafo
de moda de treinta y un años, gay,
egocéntrico y arrogante, que descubre
que el cáncer ha invadido su cuerpo.
La esperanza de recuperación es
prácticamente nula y la muerte
cuestión de tiempo. Su primera
reacción es descargar su ira sobre
sus padres, su hermana y, por último,
sobre su novio, al que expulsa del piso
que comparten. Ninguno de ellos conoce
el secreto que explica su conducta. La
soledad que siente después le lleva
hacia su abuela, primera persona a la
que confiesa su enfermedad. La necesidad
de tener un hombro en el que apoyarse
le lleva a su antiguo novio, que le rechaza.
El francés François Ozón
había dirigido Bajo la
arena (2000), Gotas que
caen sobre rocas calientes (2000)
y La piscina (2003),
entre otras.
EL VIAJE DE PARTIDA
Uruguay pudo ver buena parte de los trabajos
del joven realizador francés François
Ozon en circuito comercial; un cineasta
que se caracteriza por no esconder nada,
siendo bastante directo al momento de
desmenuzar sus personajes principales
y haciendo rendir a sus actores con lo
mejor de sí mismos. Para esta ocasión
trata el caso de un fotógrafo de
modas gay condenado por una enfermedad
terminal, un cáncer que le afecta
el hígado y los pulmones. En ese
"tiempo que resta" del título
original (tan corto como la duración
de la película en sí) se
despliega un retrato que no se centra
en la desesperación por encontrar
una cura sino en cómo su protagonista
va procesando para sí mismo el
fatal diagnóstico, en cómo
decide reaccionar frente a los demás,
y, en menor medida, cómo estos
últimos lo ven a él, con
sus cambios y giros impensados.
Cuando la española Isabel Coixet
moldeó a Sarah Polley para Mi
vida sin mí (2003), su
personaje había decidido no contar
a nadie de su inminente destino; aquí
el profesional interpretado notablemente
por Melvin Poupaud tampoco, aunque hace
una excepción con su querida abuela
(Jeanne Moureau). El dolor de alguien
que aparenta ser bastante duro por fuera
logra aflorar con algunas lágrimas
ocasionales cada tanto. Es en las ganas
de vivir y disfrutar lo que queda de tiempo,
más que en la solución para
una enfermedad irreversible, donde radica
el eje de esta película. En la
posibilidad de comprender a aquellos a
los que antes se los miraba con una óptica
bastante cerrada y como a la pasada, en
resolver, sí, cómo querer
disfrutar esos últimos momentos,
a veces en compañía de gente
querida, a pesar de todo, y en otras con
uno mismo, con esa madurez que sirve para
la reflexión, para la contención
ante una situación tan desesperante.
Así como Ozon logra mostrar todas
las facetas de su personaje tampoco ahorra
en exhibir las vivencias de este fotógrafo,
en sus actos íntimos así
como en los lugares donde se mueve, en
su falta de preocupación. La familia
termina oficiando de soporte indirecto
para su soledad y eso lo ayuda a contenerse,
a pesar de su posterior descontrol luego
del diagnóstico y dentro de esa
sociedad donde vive, que va a seguir como
siempre su transcurso y donde él
debe moverse rápidamente para solucionar
algunos asuntos pendientes, prácticamente
de la noche a la mañana. Las fotos
que saca ese hombre, una vez que deja
de lado su trabajo, quedarán para
siempre como testimonio, como una parte
muy especial de su vida, igual que el
gesto que tuvo de procrear, al acostarse
con una mujer cuyo marido era estéril.
Una prolongación que se extiende
a plantas, niños, gente joven y
paisajes dentro de una pequeña
cámara, al pasado recordando su
propia infancia.
La escena final en la playa es de un poderío
visual y emotivo tremendo. Ozon no cae
en absoluto dentro del golpe bajo. Tampoco
apela a la banda sonora para despertar
compasión. El ruido del mar habla
por sí solo. El protagonista trata
de reconciliar las cosas a su manera,
a la distancia y para dentro suyo, luchando
contra su propio orgullo y egocentrismo.
Basta con ver la escena donde le pide
disculpas a su hermana a través
de una llamada telefónica, cuando
la tenía en un parque y a tan solo
unos metros enfrente suyo, sin que ella
se diera cuenta.
El estilo aquí empleado recuerda
al de Bajo la arena (2000),
una de las más destacadas películas
de Ozon, donde Charlotte Rampling era
una profesora de Literatura Inglesa que
comenzaba a vivir como si su marido existiera,
luego de una misteriosa desaparición
en la playa. Por ahí también
a Cleo de 5 a 7 (1962)
de Agnes Varda, en el sentido del cambio
de perspectiva que también se daba
en aquella cantante temerosa por el diagnóstico
de una biopsia. Ozon afirmó que
Tiempo de vivir era parte
de una trilogía sobre la muerte,
y que Bajo la arena,
precisamente, era la primera. Sin dudas
que, por encima de otros antecedentes
suyos, este es su mejor camino.