
Título original: Die Höhle
des gelben Hundes
País y año de producción:
Alemania / Mongolia, 2005
Dirección: Byambasuren
Davaa
Guión: BD, Michael
P. Greco
Con: Babbayar Batchuluun,
Nansal Batchuluun, Nansalmaa Batchuluun,
Buyandulam Daramdadi, Batchuluun Urjindorj
Duración: 93 minutos
Calificación:
Apta para todo público
Género: Drama
Sitio Web: http://www.caveoftheyellowdog.com/
Reseña argumental:
Nansal, la hija mayor de una familia de
nómadas mongoles, se encuentra
un día un cachorro, mientras recoge
estiércol cerca de su casa. Desde
el primer momento se encapricha con el
perrito, pero, cuando lo lleva a casa,
su padre tiene miedo de que les traiga
mala suerte, ya que cree que puede ser
descendiente de lobos, y le pide que se
deshaga inmediatamente de él. Sin
embargo, a pesar de las órdenes
de su padre, Nansal se queda con el cachorro.
Esta es la historia del antiguo vínculo
que existe entre el hombre y el perro,
y el significado especial que este vínculo
tiene en Mongolia para el eterno ciclo
de la reencarnación.
La directora nacida en Mongolia, Byambasuren
Davaa, había dirigido La
historia del camello llorón
(2003).
LA CONFIRMACIÓN DE UNA
GRAN DOCUMENTALISTA
Películas como ésta aparecen
una vez cada tanto, lamentablemente; en
los últimos años el cine
asiático viene llegando de a cuentagotas
al circuito comercial, con esa sencillez,
dedicación, sensibilidad, calidez
e inspiración que no frecuenta
el cine industrial norteamericano ni tampoco
el ambicioso material europeo que intenta
copiarle la fórmula para introducirse
en el mercado. La leyenda del
perro amarillo (2005) no es la
excepción a todo esto y constituyó
un nuevo paso en la carrera de la cineasta,
nacida en Mongolia, Byambasuren Davaa,
que trabajó en televisión
y estudió cine en su país
y luego en Munich (Alemania), lugar desde
donde hará su próximo largometraje.
Su tesis de graduación había
sido nada menos que La historia
del camello llorón (2003)
donde, al igual que en su segundo trabajo,
también incursionaba en viejas
leyendas de la cultura de su país
natal, entre otras cosas, como posible
solución para algunos de los curiosos
problemas e inquietudes que se presentaban.
Aquí no hay un camello rechazado
por su madre ante un difícil parto
pero sí otro animal que no es aceptado:
un pequeño perro hallado por una
niña cuyo padre no le permite tenerlo,
debido a que sospecha que el animal fue
criado entre lobos y que por ende podría
atraerlos y poner en peligro al ganado.
Una vez más Davaa oscila entre
el drama ficticio y el documental para
retratar nuevamente a una familia nómade,
el pasar del día y la noche, sus
costumbres, el trabajo, lo que ocurre
dentro y fuera de la carpa, en el campo,
con sus animales, los impresionantes paisajes,
la propia naturaleza en sí y en
plena sintonía con el grupo, compuesto
por la pareja y sus tres hijos pequeños.
Todo fluye con mucha serenidad y las imágenes
de por sí revelan esos pequeños
detalles que apuntan a una forma de vida
y que incluye hechos a veces inesperados
y que son muy bien sugeridos, a veces
con el mito de la reencarnación
de fondo. Al comienzo, se puede ver un
animal muerto que es enterrado y donde
un plano a distancia durante la caída
del sol tan solo deja ver la silueta del
animal, mientras la hija le hace varias
preguntas a su padre; también un
ataque de lobos donde la pantalla se oscurece
completamente escuchándose tan
solo los aullidos de los lobos, que marcan
presencia, para luego pasar a otro plano
con dos ovejas que yacen muertas.
El punto central no es solo la relación
de la niña más grande con
su querido perro cachorro sino también
cómo se va desenvolviendo esa familia
nómade durante el verano, momento
ideal para que el ganado pueda pastar.
Las distintas labores de los padres se
alternan con las responsabilidades asumidas
por los niños (el traslado de animales,
la hermana menor que tiene que quedarse
cuidando al más chico, cuando la
madre sale a buscar a su hija que no había
llegado) y también con juegos basados
en la propia naturaleza y la imaginación
que de ellos emana.
La ciudad aparece como punto de destino
para vender pieles pero no se muestra;
es algo muy distante y distinto que tan
solo irrumpe simbólicamente en
el final, cuando la familia se muda, trasladándose
por el campo, mientras una camioneta les
recuerda a los padres que tendrían
que votar en las elecciones que se vienen.
También un objeto de útilidad
para la cocina, de plástico, dura
muy poco, ante la más mínima
desatención... Los peligros también
acechan y el entorno puede ser engañoso
en esa permanente etapa de supervivencia
(un buitre sigiloso que durante un descuido
se dirige derecho al niño; la pequeña
en lo alto de una montaña, tratando
de dar con su perro desaparecido).
La toma del final, precisamente, cierra
y de manera brillante el proceso de una
separación absoluta del urbanismo,
de la modernidad, en ese camino por donde
pasa un vehiculo completamente ignorado,
mientras los animales se desvían
y luego lo invaden. La cámara,
a su vez, se mantiene fija, contemplando
durante varios segundos el movimiento
de esa familia que va marchando pacíficamente,
con el deber naturalmente cumplido, mientras
animales y seres humanos se funden, como
desbordando el plano, una especie de cuadro
donde lo pintado cobra vida y con mucha
fuerza. En su segundo largometraje Davaa
se codea con lo que es casi una obra maestra,
sin apelar a golpes bajos, necesaria,
poética, reveladora, de lo mejor
que se ha estrenado hasta ahora en lo
que va del año.