LA NOCHE DE LOS USURPADORES DE CUERPOS

El miedo a
lo desconocido o a lo que uno presiente
o intuye pero no ve y por lo tanto no puede
describir o imaginar de forma efectiva,
ha sido explorado cientos de veces dentro
del cine de mil formas distintas y ha dado
grandes películas. Prueba de ello
son Alien, en gran parte
de su relato, La niebla,
de John Carpenter y El Exorcista,
por lo menos en su primera parte.
Normalmente
el trabajar con la angustia de los personajes
y trasladarla a los espectadores da mucho
mas resultado, en el arte de provocar suspenso,
que los mejores efectos especiales y de
maquillaje mostrados en primer plano. Claro
que para eso hacen falta realizadores con
talento en el arte de contar con imágenes
una historia y con talento también
para saber cuando hay que escatimar información
al espectador y ponerlo casi de forma paralela
al personaje, en su escenario de confusión
y miedo.
Señales,
dirigida por M.Night Shyamalan (realizador
de la también angustiante y excelente
Sexto sentido y de esa redefinición
del mundo de los comics y superhéroes,
que era totalmente distinta a todas las
películas de ese subgénero,
llamada El protegido),
cumple con lo antes descrito y además
es muchas otras cosas.
El film
cuenta un hecho extraordinario en la vida
del ex pastor Graham Hess (Mel Gibson),
quien vive con sus dos pequeños hijos,
Morgan de 10 años y Bo de 5, y con
su hermano Merril (Joaquin Phoenix) junto
a un campo de maíz en Pensilvania.
Una mañana los niños encuentran
algo fuera de lo común; unos extraños
y gigantescos círculos han sido hechos,
doblando los tallos de cultivo y dejando
figuras perfectas.
Es aquí
cuando el film se apoya en hechos verídicos,
ocurridos en Inglaterra primero y en el
resto del mundo después, durante
las décadas de los ochenta y noventa,
cuando en los campos aparecían estas
figuras geométricas enormes, a veces
a cientos de kilómetros de distancia
unas de otras y que ante la obvia razón
de que no eran hechos naturales, algunos
intentaron explicarlos como de origen extraterrestre.
Graham y
Merril denuncian esto a la policía
local, pensando que los círculos
se deben a las bromas de algunos adolescentes
de los pueblos cercanos, pero pronto se
dan cuenta, informados por la radio y televisión,
que los hechos se repiten en campos de otras
partes de los Estados Unidos y del mundo.
Es ahí cuando la cosa empieza a cerrarse
sobre sí misma y mientras la familia
empieza a sentirse cada vez más amenazada
por algo desconocido y tal vez maligno que
está tomando sus cosechas, se entera
de que lo que podría estar ocurriendo
es posiblemente una invasión alienígena.
El film
nos cuenta esta pequeña célula
de miedo en un terror global, casi sin sacar
la cámara de la casa de los Hess
y sus campos. Solo en una oportunidad vamos
a un pueblo en la presunta búsqueda
de esparcimiento que el ex pastor intenta
encontrar para sus niños. Cada vez
más sugestionados, y en otra ocasión
viajamos a la casa de un personaje, interpretado
por el mismo Shyamalan, en donde de forma
magistral el director nos aterra con algo
presuntamente extraterrestre que está
encerrado en una habitación y que
nos muestra a través de las sombras
que Mel Gibson ve por debajo de la puerta.
El realizador
nos deja con el protagonista de un lado
de esta puerta. Suponiendo lo que hay al
otro y viendo como esa suposición
transforma el rostro de un Mel Gibson en
una de las mejores actuaciones de su carrera.
Es un film que utiliza el fuera de campo
de manera extraordinaria, debido a que ya
nos ha dado antes la información
necesaria para que no haga falta mostrarnos
el terror; solo imaginarnos, solo angustiarnos.
El ejemplo más claro podría
ser la escena en que oímos cómo
algo les sucede a los perros de la familia,
mientras estamos dentro de la casa con los
Hess. Ahí, Shyamalan no muestra sangre
volando por los aires, solo fija su cámara
en una lámpara de la casa y nos deja
escuchando lo que pasa
afuera; no pone música; solo nos
deja con el sonido ambiente.
Mel
Gibson en Señales
Es solo al final del film cuando conocemos
que era lo que realmente estaba acechando
la tranquilidad de la familia. Cuando después
de una secuencia nocturna de encierro y
claustrofobia, tal vez la mejor desde La
noche de los muertos vivos, de
George Romero, el director decide mostrarnos
la cara del miedo, aprovechando entonces
para cerrar las líneas argumentales
que hablan de la perdida de fe y la búsqueda
de un lugar en la vida de los personajes
principales y debido a las cuales Shyamalan
desplegó toda su capacidad narrativa
y visual. Es ahí cuando sale a la
luz que la verdadera cuestión no
era esta extraordinaria puesta en escena
de una invasión alienígena,
sino cosas más personales y ocultas
de los personajes que salen recién
dentro del marco terrorífico del
relato.
Las actuaciones
en la película son clave en el desarrollo
de la misma. Mel Gibson, que pese a ser
muchas veces bastardeado por sus trabajos
comerciales, da otra vez, al igual que en
Corazón valiente
y El complot, una muestra
de su capacidad para demostrar estados de
ánimo como casi nadie en el Hollywood
de hoy. Joaquin Phoenix, quien después
de hacer de un emperador demasiado arquetípico
en Gladiador y de un personaje
bastante deslucido en Letras prohibidas,
entrega ahora muy bien a un hombre que ve
cómo sus sueños en la vida
se están desvaneciendo, mientras
vive a la sombra de un hermano al que considera
casi como un modelo al que nunca podrá
acceder. Y los chicos de la historia, algo
que a esta altura ya parece una especialidad
en Shyamalan, son interpretados por Rory
Culkin y Abigail Breslin.
Así
como la performance de los actores es esencial
para el clima del film, la música
compuesta por James Newton Howard, el mismo
de El protegido y Sexto
sentido, nos trasmite desde el
mismísimo comienzo, que hace acordar
a Psicosis, todo un filoso
conjunto de cuerdas a tono con un quejido
no humano de dolor que se escuchara promediando
la historia.
Y
como si fuera poco, sin proponérselo,
Señales está
dentro de esas afortunadas obras que son
aun más importantes, ya que aparte
de su valor artístico son un reflejo
de la época en que fueron hechas.
Es que el film, que estaba en producción
durante los atentados del 11 de septiembre
de 2001 en Estados Unidos, muestra de forma
muy acertada cómo personas comunes
se asombran y no pueden dejar de estar fascinadas
ante un gran hecho global que los medios
de comunicación difunden de forma
masiva y del cual por mas que uno intente
alejarse no puede. Sintiéndose parte
de lo ocurrido y testigo al mismo tiempo
junto con miles de otras personas alrededor
del mundo, esto, obviamente, ya estaba en
el guión, que es anterior al ataque
al World Trade Center, pero a la vista de
lo bien que muestra esta cuestión,
no puede dejar de mencionarse como otro
acierto de la película.
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