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A propósito de Señales, de M. Night Shyamalan
LA NOCHE DE LOS USURPADORES DE CUERPOS


por Adrián Fedele (desde Buenos Aires)




El miedo a lo desconocido o a lo que uno presiente o intuye pero no ve y por lo tanto no puede describir o imaginar de forma efectiva, ha sido explorado cientos de veces dentro del cine de mil formas distintas y ha dado grandes películas. Prueba de ello son Alien, en gran parte de su relato, La niebla, de John Carpenter y El Exorcista, por lo menos en su primera parte.

Normalmente el trabajar con la angustia de los personajes y trasladarla a los espectadores da mucho mas resultado, en el arte de provocar suspenso, que los mejores efectos especiales y de maquillaje mostrados en primer plano. Claro que para eso hacen falta realizadores con talento en el arte de contar con imágenes una historia y con talento también para saber cuando hay que escatimar información al espectador y ponerlo casi de forma paralela al personaje, en su escenario de confusión y miedo.

Señales, dirigida por M.Night Shyamalan (realizador de la también angustiante y excelente Sexto sentido y de esa redefinición del mundo de los comics y superhéroes, que era totalmente distinta a todas las películas de ese subgénero, llamada El protegido), cumple con lo antes descrito y además es muchas otras cosas.

El film cuenta un hecho extraordinario en la vida del ex pastor Graham Hess (Mel Gibson), quien vive con sus dos pequeños hijos, Morgan de 10 años y Bo de 5, y con su hermano Merril (Joaquin Phoenix) junto a un campo de maíz en Pensilvania. Una mañana los niños encuentran algo fuera de lo común; unos extraños y gigantescos círculos han sido hechos, doblando los tallos de cultivo y dejando figuras perfectas.

Es aquí cuando el film se apoya en hechos verídicos, ocurridos en Inglaterra primero y en el resto del mundo después, durante las décadas de los ochenta y noventa, cuando en los campos aparecían estas figuras geométricas enormes, a veces a cientos de kilómetros de distancia unas de otras y que ante la obvia razón de que no eran hechos naturales, algunos intentaron explicarlos como de origen extraterrestre.

Graham y Merril denuncian esto a la policía local, pensando que los círculos se deben a las bromas de algunos adolescentes de los pueblos cercanos, pero pronto se dan cuenta, informados por la radio y televisión, que los hechos se repiten en campos de otras partes de los Estados Unidos y del mundo. Es ahí cuando la cosa empieza a cerrarse sobre sí misma y mientras la familia empieza a sentirse cada vez más amenazada por algo desconocido y tal vez maligno que está tomando sus cosechas, se entera de que lo que podría estar ocurriendo es posiblemente una invasión alienígena.

El film nos cuenta esta pequeña célula de miedo en un terror global, casi sin sacar la cámara de la casa de los Hess y sus campos. Solo en una oportunidad vamos a un pueblo en la presunta búsqueda de esparcimiento que el ex pastor intenta encontrar para sus niños. Cada vez más sugestionados, y en otra ocasión viajamos a la casa de un personaje, interpretado por el mismo Shyamalan, en donde de forma magistral el director nos aterra con algo presuntamente extraterrestre que está encerrado en una habitación y que nos muestra a través de las sombras que Mel Gibson ve por debajo de la puerta.

El realizador nos deja con el protagonista de un lado de esta puerta. Suponiendo lo que hay al otro y viendo como esa suposición transforma el rostro de un Mel Gibson en una de las mejores actuaciones de su carrera. Es un film que utiliza el fuera de campo de manera extraordinaria, debido a que ya nos ha dado antes la información necesaria para que no haga falta mostrarnos el terror; solo imaginarnos, solo angustiarnos. El ejemplo más claro podría ser la escena en que oímos cómo algo les sucede a los perros de la familia, mientras estamos dentro de la casa con los Hess. Ahí, Shyamalan no muestra sangre volando por los aires, solo fija su cámara en una lámpara de la casa y nos deja escuchando lo que pasa
afuera; no pone música; solo nos deja con el sonido ambiente.

Mel Gibson en Señales


Es solo al final del film cuando conocemos que era lo que realmente estaba acechando la tranquilidad de la familia. Cuando después de una secuencia nocturna de encierro y claustrofobia, tal vez la mejor desde La noche de los muertos vivos, de George Romero, el director decide mostrarnos la cara del miedo, aprovechando entonces para cerrar las líneas argumentales que hablan de la perdida de fe y la búsqueda de un lugar en la vida de los personajes principales y debido a las cuales Shyamalan desplegó toda su capacidad narrativa y visual. Es ahí cuando sale a la luz que la verdadera cuestión no era esta extraordinaria puesta en escena de una invasión alienígena, sino cosas más personales y ocultas de los personajes que salen recién dentro del marco terrorífico del relato.

Las actuaciones en la película son clave en el desarrollo de la misma. Mel Gibson, que pese a ser muchas veces bastardeado por sus trabajos comerciales, da otra vez, al igual que en Corazón valiente y El complot, una muestra de su capacidad para demostrar estados de ánimo como casi nadie en el Hollywood de hoy. Joaquin Phoenix, quien después de hacer de un emperador demasiado arquetípico en Gladiador y de un personaje bastante deslucido en Letras prohibidas, entrega ahora muy bien a un hombre que ve cómo sus sueños en la vida se están desvaneciendo, mientras vive a la sombra de un hermano al que considera casi como un modelo al que nunca podrá acceder. Y los chicos de la historia, algo que a esta altura ya parece una especialidad en Shyamalan, son interpretados por Rory Culkin y Abigail Breslin.

Así como la performance de los actores es esencial para el clima del film, la música compuesta por James Newton Howard, el mismo de El protegido y Sexto sentido, nos trasmite desde el mismísimo comienzo, que hace acordar a Psicosis, todo un filoso conjunto de cuerdas a tono con un quejido no humano de dolor que se escuchara promediando la historia.

Y como si fuera poco, sin proponérselo, Señales está dentro de esas afortunadas obras que son aun más importantes, ya que aparte de su valor artístico son un reflejo de la época en que fueron hechas. Es que el film, que estaba en producción durante los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, muestra de forma muy acertada cómo personas comunes se asombran y no pueden dejar de estar fascinadas ante un gran hecho global que los medios de comunicación difunden de forma masiva y del cual por mas que uno intente alejarse no puede. Sintiéndose parte de lo ocurrido y testigo al mismo tiempo junto con miles de otras personas alrededor del mundo, esto, obviamente, ya estaba en el guión, que es anterior al ataque al World Trade Center, pero a la vista de lo bien que muestra esta cuestión, no puede dejar de mencionarse como otro acierto de la película.

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