
Marion Cotillard,
nominada al Oscar como Mejor Actriz
Creo que uno de los problemas al transportar
al cine la vida de una personalidad es
que los cineastas (el director, el guionista,
el productor) consideran que esas vidas
sólo son capaces de ser filmadas
si son mostradas como historias, como
cuentos en el sentido clásico del
término, con un principio, un desarrollo
y un final.
Nuestra cultura pop nos hace añorar
cuentos que destilen romance y aventura,
intrigas políticas, ideas revolucionarias
o cualquier manojo de expectativas que
nos haga oscilar entre realidad y fantasía.
Partiendo de la premisa de que todo el
cine logra esto, puedo afirmar que la
La vie en rose supo cómo
contar(me) su único cuento sobre
la cantante Edith Piaf, exhibiendo el
muestrario de un mundo sensiblemente quebradizo,
sin que con su fantasía ampliara
mi estima sobre la realidad de su personaje.
Con esta idea en mente, no sólo
la realidad o su representación
en pantalla se vuelve difícil de
asir, sino que en éste mundo sensiblemente
quebradizo, la individualidad se vuelve
una particularidad. Dicha fragilidad es,
según las imágenes y los
diálogos en pantalla, plausible
de ser capturada en el cuadro: libertades
con la biografía, sustitutos, doblaje
de la voz, máscaras, y cualquier
otro truco que recree la ilusión.
El muestrario es un sabotaje milimétricamente
planificado y parece abarcar todo la gama
de lo que se entiende por fragilidad:
ceguera, infancia en un burdel, accidentes
de autos, amores malditos, adicción
a las drogas, bisexualidad, triunfo escénico,
tristeza y más. ¿Puede funcionar?
Dependiendo del criterio del espectador
este film deviene (y otros también
lo son) un ticket hacia la ilusión,
por su reflejo, por su clonación.
La idea podría ser reforzada al
mostrar el objeto desde dos puntos de
vista, desde adentro hacia fuera, corriendo
el riesgo de exhibir lo que se trata de
ocultar: para el caso, la mujer o la artista,
la persona con (o como) su imagen. Lo
que creo es que La vie en rose
no cuenta con esta instancia, no se exhibe
ni la fortaleza ni la debilidad, no se
escarba más allá de las
dicotomías.
Así, "artista" o "mujer"
son etiquetas que traban la idea de individualidad
y de crecimiento, sustituyéndolas
por la representación en la instancia
de esa individualidad: dígase la
reproducción de lo artístico
(la voz) o la particularidad de una personalidad
(la caracterización). En términos
técnicos, lo primero se resuelve
con el doblaje y la batería de
canciones que hicieron a Piaf mundialmente
famosa. De esta forma lo segundo es lo
único a observar de cerca: la caracterización,
la sustitución, la clonación.
Esta instancia es una pantomima (excelente,
por cierto) de Marion Cotillard, en pos
de la ilusión.
Olivier Dahan la dirige colocando su cámara
entre un bazar de emociones artificiosas,
eludiendo alguna realidad que otra (Segunda
Guerra Mundial), y detallando algunas
instancias (la separación de la
figura paterna, el accidente de su amante),
mientras el artificio juega su juego,
mientras el collage de imagen y sonido
representa la realidad de lo que fue.
O lo que es igual, su exageración
en forma de cuento.
NOMINACIONES AL
OSCAR: Mejores actriz principal, Mejor
vestuario, Mejor maquillaje.