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El bueno de Martin Scorsese debe andar enojado
porque nunca ganó un Oscar y en los
últimos tiempos no alcanzaba ni siquiera
buen apoyo de público: sus films
empezaban a ser fiascos también en
boletería, como Pandillas
de Nueva York y El aviador.
Con su
última producción, Los
infiltrados, quiso desquitarse
y seducir simultáneamente a público
y crítica. Reunió para ello
grandes actores, una intriga policial movida
y complicada, con salsa de amores difíciles
y algunas "freudulencias". Es
su concepción del arte audiovisual
moderno: una historia hipnótica y
violenta, excedida de peripecia y de ritmo
y, a poco de considerársela, también
superficial. La violencia neurótica,
a veces histérica, de los encuadrados
dentro de la gran potencia cosmopolita que
es hoy EEUU, tiene cierta "organicidad"
que Scorsese nunca percibió. La gente
solo sobrevive dentro de ella por una capacidad
cultivada de por vida para eludir conflictos
inútiles.
Los personajes
de Scorsese, en cambio, andan siempre en
busca de pretextos inconvincentes para complicarse
la vida y ser arrollados por la violencia
que, en ese empeño, desataron. Y
no logran convencer, al fin, ni a los encargados
de atribuir los Oscar (lo cual, en EE.UU.,
es mucho decir).
El traficante
de drogas Jack Nicholson se mueve cómodo
en Boston, en los barrios de emigración
irlandesa. Aunque bastante sanguinario y
con todo el repertorio de tics que al actor
le gusta desplegar, también exhibe
cierto aire patriarcal que lo separa de
ese estereotipo de Hollywood de los colombianos
untuosos y repulsivos. Protege a niños
huérfanos y con los años los
infiltra en la policía, como Matt
Damon, hasta que la policía también
lo infiltra a él, con Leonardo di
Caprio.
Si la cosa
frenara ahí, un drama poderoso hubiera
sido posible. Posible, pero no para Scorsese,
que necesita complicarlo con una joven psicoanalista
que vacila entre los dos policías
jóvenes y una dosis final de nuevos
infiltrados que, en medio de las balas que
zumban y despachurran cerebros y vientres,
se despide de la verosimilitud.
El film no pierde, en cambio, un poder narrativo
que captura y no suelta al espectador durante
dos horas y media. El de Scorsese es un
lenguaje efectista que no se preocupa de
ocultarlo, que confía en fuertes
efectos de sonido y de montaje, en la exploración
inquietante de rostros que dicen cosas no
siempre claras, en anécdotas vertiginosas
que sin embargo no conducen a revelaciones
profundas.
Sería injusto
decir que Scorsese, en esta película,
no "entretiene". Pero lo hace
al precio de cansarnos con sus excesos de
estilo. ¿No podría dársele
un Oscar para que se calme?
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