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Martin Scorsese y Los infiltrados
EFECTISTA SIN EFECTO

por Raul Gadea (diciembre, 2006)




El bueno de Martin Scorsese debe andar enojado porque nunca ganó un Oscar y en los últimos tiempos no alcanzaba ni siquiera buen apoyo de público: sus films empezaban a ser fiascos también en boletería, como Pandillas de Nueva York y El aviador.

Con su última producción, Los infiltrados, quiso desquitarse y seducir simultáneamente a público y crítica. Reunió para ello grandes actores, una intriga policial movida y complicada, con salsa de amores difíciles y algunas "freudulencias". Es su concepción del arte audiovisual moderno: una historia hipnótica y violenta, excedida de peripecia y de ritmo y, a poco de considerársela, también superficial. La violencia neurótica, a veces histérica, de los encuadrados dentro de la gran potencia cosmopolita que es hoy EEUU, tiene cierta "organicidad" que Scorsese nunca percibió. La gente solo sobrevive dentro de ella por una capacidad cultivada de por vida para eludir conflictos inútiles.

Los personajes de Scorsese, en cambio, andan siempre en busca de pretextos inconvincentes para complicarse la vida y ser arrollados por la violencia que, en ese empeño, desataron. Y no logran convencer, al fin, ni a los encargados de atribuir los Oscar (lo cual, en EE.UU., es mucho decir).

El traficante de drogas Jack Nicholson se mueve cómodo en Boston, en los barrios de emigración irlandesa. Aunque bastante sanguinario y con todo el repertorio de tics que al actor le gusta desplegar, también exhibe cierto aire patriarcal que lo separa de ese estereotipo de Hollywood de los colombianos untuosos y repulsivos. Protege a niños huérfanos y con los años los infiltra en la policía, como Matt Damon, hasta que la policía también lo infiltra a él, con Leonardo di Caprio.

Si la cosa frenara ahí, un drama poderoso hubiera sido posible. Posible, pero no para Scorsese, que necesita complicarlo con una joven psicoanalista que vacila entre los dos policías jóvenes y una dosis final de nuevos infiltrados que, en medio de las balas que zumban y despachurran cerebros y vientres, se despide de la verosimilitud.


El film no pierde, en cambio, un poder narrativo que captura y no suelta al espectador durante dos horas y media. El de Scorsese es un lenguaje efectista que no se preocupa de ocultarlo, que confía en fuertes efectos de sonido y de montaje, en la exploración inquietante de rostros que dicen cosas no siempre claras, en anécdotas vertiginosas que sin embargo no conducen a revelaciones profundas.


Sería injusto decir que Scorsese, en esta película, no "entretiene". Pero lo hace al precio de cansarnos con sus excesos de estilo. ¿No podría dársele un Oscar para que se calme?

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